Guerra y Paz
Guerra y Paz —Nadie puede imaginar y alabar dignamente el heroĂsmo de los soldados rusos— dijo Berg, y, como deseando ganarse su simpatĂa, sonriĂł en respuesta a su obstinada mirada. —“Rusia no está en MoscĂş: está en el corazĂłn de sus hijos.” ÂżVerdad, papá?
En aquel instante entrĂł la condesa, con aspecto sombrĂo y disgustado. Berg se levantĂł presuroso, besĂł su mano, se interesĂł por su salud y, expresando su condolencia con un movimiento de cabeza, se detuvo a su lado.
—SĂ, mamá, le dirĂ© la verdad. Los tiempos son tristes y penosos para todos los rusos. Pero, Âżpor quĂ© inquietarse tanto? TodavĂa tienen tiempo de salir…
—No comprendo quĂ© hacen los criados— dijo la condesa, volviĂ©ndose a su marido. —Ahora vienen a decirme que no hay nada preparado. Alguien tiene que disponer las cosas. Acaba uno por echar de menos a MĂteñka. AsĂ no terminaremos nunca.
El conde quiso objetar algo, pero se contuvo. Se levantĂł de su silla y se acercĂł a la puerta. En aquel momento, Berg sacĂł del bolsillo el pañuelo, como si fuera a servirse de Ă©l y mirando el nudo que habĂa hecho antes, se quedĂł pensativo; despuĂ©s, moviendo la cabeza con un gesto triste y grave, dijo:
—Tengo que pedirle algo importante, papá.
—¡Hum!— gruñó el conde, deteniéndose.