Guerra y Paz

Guerra y Paz

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—He pasado ahora delante de la casa de Yusúpov— dijo Berg riendo. —El administrador, al que conozco, salió a decirme si quería comprar algo. Entré por curiosidad y había allí una chiffonière y un tocador; ya sabe usted cuánto lo desea Vera y cuánto hemos hablado de eso…— (Sin darse cuenta, Berg había pasado a una entonación jubilosa cuando comenzó a hablar de la chiffonière.) —Es una maravilla; tiene cajones y una arqueta secreta. ¡Vera la desea hace tanto tiempo! Me agradaría darle ese gusto: una sorpresa. Acabo de ver a muchos mujiks en el patio. Deme uno, le pagaré bien y…

El conde frunció el ceño y carraspeó.

—Pídeselo a la condesa, yo no doy órdenes.

—Si es difícil, no hablemos del asunto, por favor— dijo Berg. —Pero me gustaría mucho por Vera.

—¡Ah, lárguense todos al diablo, al diablo, al diablo!— gritó el viejo conde. —Me da vueltas la cabeza.

Y salió de la sala.

La condesa se echó a llorar.

—Sí, mamá, los tiempos son muy difíciles— dijo Berg.

Natasha salió detrás de su padre; primero lo siguió, pero después, como dándose cuenta de lo que quería, se dirigió corriendo hacia la entrada.


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