Guerra y Paz

Guerra y Paz

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Allí estaba Petia, repartiendo armas a los campesinos que iban a salir de Moscú. En el patio seguían los carros como antes. Dos habían sido descargados y un oficial, ayudado por su asistente, subía en uno de ellos.

—¿Sabes por qué fue?— preguntó Petia a Natasha, quien comprendió que su hermano se refería al enfado de sus padres, pero no respondió.

—Porque papá quería dar todos los carros a los heridos— continuó Petia. —Me lo ha contado Vasílich. Yo creo…

—Yo creo… yo creo… que es una canallada, una infamia… ¡No sé cómo decirlo!— gritó de pronto Natasha volviendo el rostro indignado hacia Petia. —¿Acaso somos unos alemanes cualesquiera?…

Los sollozos la ahogaban, y temiendo dejar escapar en vano toda su cólera, volvió las espaldas a su hermano y se lanzó escaleras arriba.

Berg, sentado junto a la condesa, la consolaba respetuosa y cariñosamente; el conde, con la pipa en la mano, iba de un lado a otro de la sala, cuando Natasha, con el rostro deformado por la cólera, irrumpió como un huracán y se acercó rápidamente a su madre.

—¡Es una vileza! ¡Una infamia!— gritó. —No es posible que usted lo haya ordenado.

Berg y la condesa la miraban perplejos y asustados.

El conde se detuvo junto a la ventana prestando oído.


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