Guerra y Paz
Guerra y Paz —Mamita, no es posible. Mire lo que sucede en el patio. ¡Ellos se quedan!…
—¿Qué te pasa? ¿Quiénes son ellos? ¿Qué quieres?
—¡Los heridos! ¡Son los que se quedan! Es imposible, mamita querida, eso no está bien, perdóneme… ¿qué puede importarnos lo que nos llevamos? FÃjese en lo que está ocurriendo en el patio… ¡Mamita, eso no puede ser!…
El conde seguÃa junto a la ventana y sin volver la cabeza escuchaba a Natasha. De pronto, a punto de llorar, acercó la cara a los cristales.
La condesa miró a su hija, vio su rostro avergonzado, vio su emoción; comprendió por qué el marido no se atrevÃa a mirarla, y con aire desconcertado miró en derredor.
—¡Ah, haced lo que queráis! ¿Acaso soy yo un impedimento?— dijo, sin ceder aún del todo.
—Mamita, querida, ¡perdóneme!
Sin embargo, la condesa apartó a su hija y se acercó al conde.
—Mon cher, da las órdenes que creas oportunas… yo no sé…— dijo sintiéndose culpable.
—Son los huevos… los huevos los que enseñan a la gallina— dijo el conde con lágrimas de alegrÃa, abrazando a su esposa, contenta de ocultar en su pecho el rostro avergonzado.