Guerra y Paz
Guerra y Paz —PapaÃto, mamita… ¿puedo dar las órdenes? ¿Puedo?…— preguntaba Natasha. —De todas maneras, nos llevaremos lo más necesario…
El conde afirmó con la cabeza y Natasha salió corriendo de la sala con la misma rapidez de cuando jugaba al escondite siendo pequeña y salió por la escalera al patio.
Los criados, reunidos en torno a Natasha, no podÃan creer tan extraña orden hasta que el conde, en nombre de su esposa, confirmó la decisión de entregar todos los carros a los heridos y llevar los baúles a los depósitos. Cuando lo comprendieron, los criados se dedicaron a la nueva tarea con júbilo febril. Ahora ya no les parecÃa extraño lo mandado, que creÃan, por el contrario, que no podÃa ser de otra manera de igual modo que un cuarto de hora antes les parecÃa lo más natural cargar con los muebles y dejar a los heridos.
Todos, como para resarcirse de no haberlo hecho antes, se dedicaron ardorosamente a la instalación de heridos, que salÃan arrastrándose de las habitaciones y con rostros pálidos y felices rodeaban los carros.