Guerra y Paz
Guerra y Paz En el pasillo habÃa un anciano, alto y calvo, de nariz colorada, envuelto en un batÃn, con chanclos en los pies desnudos. Al ver a Pierre rezongó algo, malhumorado, y se alejó por el corredor.
—Era un hombre de gran inteligencia y ahora, como ve, ha perdido la razón— dijo Guerasim. —¿Quiere usted entrar en el despacho?
Pierre asintió con un gesto.
—El despacho está sellado, tal como lo dejaron. SofÃa DanÃlovna mandó que se entregasen los libros si venÃan a buscarlos de parte de usted.
Pierre entró en aquella sombrÃa estancia donde penetraba tembloroso en vida del bienhechor. Estaba llena de polvo; no la habÃan barrido desde la muerte de Osip Alexéievich y parecÃa más sombrÃa que antes.
Guerasim abrió los postigos de una ventana y salió de puntillas. Pierre recorrió el despacho, se acercó al armario de los manuscritos y sacó uno de los documentos más importantes de la orden: las actas originales escocesas, con notas y aclaraciones del bienhechor. Tomó asiento ante la mesa de trabajo, cubierta de polvo, puso en ella el manuscrito, que tan pronto abrÃa como volvÃa a cerrar y, por último, dejándolo a un lado, apoyó la cabeza en las manos y se abandonó a sus propios pensamientos.