Guerra y Paz

Guerra y Paz

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Ignat se ajustó el cinturón, dejó de reír y salió dócilmente de la sala con la cabeza baja.

—Tita, ¡no haré ruido!— dijo el muchacho.

—¡Ya te daré yo ruido!— gritó Mavra Kuzmínishna, amenazándolo con la mano. —Vete a preparar el samovar para el abuelo.

Mavra Kuzmínishna limpió el polvo del clavicordio y lo cerró. Después, suspirando profundamente, salió de la sala y cerró la puerta con llave.

Al llegar al patio se quedó pensando adonde ir, si tomar el té en el pabellón con Vasílich o poner en orden lo que aún quedaba revuelto en la despensa.

En la silenciosa calle sonaron unos pasos rápidos, que se detuvieron junto a la cancela. El picaporte chirrió bajo la presión de una mano que intentaba abrirla.

Mavra Kuzmínishna se acercó a la puerta.

—¿Por quién pregunta?

—Por el conde, el conde Iliá Andréievich Rostov.

—¿Y quién es usted?

—Un oficial. Necesito verlo— dijo una voz agradable, rusa y señorial.

Mavra Kuzmínishna abrió la puerta y un joven oficial de unos dieciocho años, de cara redonda, parecida a la de los Rostov, entró en el patio.

—Se fueron ayer tarde— dijo ella afablemente.

El joven oficial se detuvo en el umbral, indeciso sobre si entrar o no, y chasqueó la lengua.


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