Guerra y Paz
Guerra y Paz De una casa a medio construir de la calle Varvarka, que tenía una taberna en los bajos, salían gritos, risas y canciones de borrachos. En una habitación sucia y reducida, alrededor de diez obreros ocupaban los bancos en varias mesas. Embriagados, sudorosos, con los ojos turbios, cantaban esforzándose, abrían mucho la boca y cada uno lo hacía a su manera; se veía que no tenían ganas de cantar y que sólo lo hacían para demostrar que estaban borrachos y contentos. Uno de ellos, alto y rubio, vestía una limpia camisa azul, y se notaba que era el jefe. Su rostro, de nariz recta y fina, habría parecido hermoso de no ser por los labios delgados y apretados, que se movían sin cesar, y los ojos sombríos, turbios e inmóviles. Debía, al parecer, imaginarse algo, pues movía, por encima de aquellas cabezas, con cierta solemnidad y torpeza, una mano cuyos sucios dedos separaba de modo poco natural. La manga de la camisa le resbalaba con frecuencia y él la levantaba con la mano izquierda, como si fuera muy importante tener descubierto su brazo blanco y nervudo. En medio de aquella canción se oyó en el zaguán y el porche el alboroto de una pelea. El alto hizo un gesto con la mano.
—¡Basta!— exclamó imperiosamente. —¡Ahí están peleando, muchachos!
Y, sin dejar de subirse la manga, corrió al porche.
