Guerra y Paz
Guerra y Paz —¡Conde!…— dijo en medio del silencio la voz tÃmida y al mismo tiempo bien timbrada de Vereschaguin. —Conde, sólo Dios está sobre nosotros…— levantó la cabeza y de nuevo la gruesa vena de su cuello delicado se llenó de sangre; su rostro palideció. No pudo terminar de decir lo que querÃa.
—¡Matadlo! ¡Yo lo ordeno!— gritó Rastopchin, palideciendo de pronto igual que Vereschaguin.
—¡Fuera sables!— gritó el oficial a los dragones desenvainando él mismo la espada.
Una oleada aún más fuerte recorrió la muchedumbre y, llegando a las primeras filas, empujó a los que estaban delante y los acercó a las mismas gradas del porche. El mozo alto, como petrificado, se paró con el brazo en alto al lado de Vereschaguin.
—¡Dadle!— susurró apenas el oficial de dragones.
Y uno de los soldados, con el rostro alterado por la ira, golpeó a Vereschaguin en la cabeza de plano con el sable.
—¡Ah!— exclamó Vereschaguin sorprendido, sin comprender por qué hacÃan aquello y mirando asustado en torno.
El mismo gemido de estupor y espanto recorrió la multitud.
—¡Oh, Dios mÃo!— exclamó tristemente alguien.