Guerra y Paz
Guerra y Paz Si la princesa MarÃa hubiera sido capaz de reflexionar en aquel instante, se habrÃa quedado más sorprendida que la misma mademoiselle Bourienne del cambio operado en ella. Desde que volvió a ver aquel atractivo rostro amado una nueva fuerza vital se adueñó de ella haciéndola hablar y actuar contra su propia voluntad. Desde que entró Rostov su rostro se transformó repentinamente. Como cuando se ilumina de pronto un fanal pintado, esgrafiado —que antes parecÃa tosco, oscuro e insignificante—, y se revela con asombrosa belleza ese complejo y artÃstico trabajo, asà se transformó de pronto el rostro de la princesa MarÃa. Por primera vez se exteriorizaba toda aquella actividad pura y espiritual que hasta entonces habÃa sido el motor de su vida. Todo su trabajo interior, su descontento consigo misma, todos sus sufrimientos, sus aspiraciones al bien, su docilidad y amor, su sacrificio, brillaban ahora en aquellos ojos luminosos, en la delicada sonrisa y en cada rasgo de su dulce rostro.
Nikolái lo advirtió tan claramente como si la hubiera conocido toda su vida. Se daba cuenta de que el ser que estaba ante él era muy distinto, mucho mejor que todo lo que hasta entonces habÃa encontrado y, sobre todo, mejor que él mismo.