Guerra y Paz
Guerra y Paz Pero cuando el domingo siguiente, después de la misa, el lacayo anunció en la sala que acababa de llegar el conde Rostov, la princesa no mostró inquietud alguna; sólo sus mejillas se ruborizaron levemente y los ojos parecieron encenderse con una luz nueva y radiante.
—¿Lo ha visto usted, tía?— preguntó la princesa tranquilamente, asombrándose ella misma de tener tanta calma y naturalidad.
Cuando Rostov entró, la princesa bajó por un instante la cabeza para dar al visitante tiempo de saludar a su tía; luego, cuando Nikolái se dirigió a ella, la alzó de nuevo y sus ojos brillantes encontraron los de Nikolái. Con un movimiento lleno de dignidad y gracia y una sonrisa alegre, la princesa se levantó, tendió su mano fina y delicada y, por primera vez en su vida, sonaron en su voz notas nuevas, profundamente femeninas. Mademoiselle Bourienne, que se hallaba presente, miró perpleja a la princesa María. La coqueta más experta no habría actuado mejor al encontrarse con un hombre a quien deseara gustar.
“O es que el color negro le sienta muy bien o embelleció sin que yo me diera cuenta. Y, sobre todo, ¡qué tacto, qué gracia!”, pensó mademoiselle Bourienne.