Guerra y Paz

Guerra y Paz

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Debió de oírse la voz de mando; debieron de resonar los disparos de ocho fusiles; pero por mucho que se esforzara, Pierre no logró recordar después si había oído algo. Sólo se dio cuenta de que, inesperadamente, se desplomaba el cuerpo del obrero, aparecía sangre en dos sitios, que las cuerdas se aflojaban y cedían bajo el peso del cuerpo y que el condenado se sentaba en el suelo con la cabeza y las piernas en posición forzada. Pierre echó a correr hacia el poste; nadie lo detuvo: unos hombres pálidos y asustados estaban haciendo algo en torno al obrero. A un soldado viejo y bigotudo le temblaba la mandíbula al desatar las cuerdas. El cuerpo cayó. Algunos soldados, con movimientos rápidos, pero torpes, arrastraron el cuerpo tras el poste y lo arrojaron al hoyo.

Todos sabían, al parecer, que eran unos criminales que debían ocultar lo antes posible las huellas de su crimen.

Pierre miró al hoyo y vio allí al obrero, con las rodillas levantadas hacia la cabeza y un hombro más alto que otro, y ese hombro bajaba y subía convulsivamente. Pero las paletadas de tierra ya caían sobre aquel cuerpo. Un soldado gritó a Pierre con voz irritada, furiosa y doliente que se marchara de allí, pero éste no lo entendió: se quedó junto al poste y nadie volvió a echarlo.


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