Guerra y Paz
Guerra y Paz —¡Ay… ay…!— dijo el hombrecillo. —¡Cuántos pecados, cuántos pecados…!— añadió rápidamente; y como si las palabras estuvieran siempre prontas en sus labios y salieran involuntariamente, prosiguió: —¿Cómo fue, señor, que se quedó en Moscú?
—Nunca creà que fueran a llegar tan pronto. Me quedé por casualidad— contestó Pierre.
—Pero, ¿cómo te han cogido, palomo? ¿En tu casa?
—No, fui a ver el incendio y allà me cogieron y me juzgaron por incendiario.
—Donde hay tribunales hay injusticia— sentenció el hombrecillo.
—Y tú, ¿hace tiempo que estás aqu�— preguntó Pierre, terminando de comer la última patata.
—¿Yo? El domingo anterior me sacaron del hospital en Moscú.
—¿Eres soldado?
—SÃ, del regimiento de Apsheron. Me consumÃa la fiebre. Nada nos habÃan dicho. En el hospital serÃamos unos veinte hombres. No sabÃamos nada, nada sospechábamos.
—Y qué, ¿te aburres aqu�— preguntó Pierre.