Guerra y Paz
Guerra y Paz —¡Claro que me aburro, palomito! Me llamo Platón. Karatáiev es un mote— añadió, sin duda para facilitar la conversación con Pierre. —En el regimiento me llamaban “Halconcito”. ¿Cómo quieres que esté? Moscú es la madre de todas las ciudades. ¡Cómo no voy a sentir tristeza al ver todo esto! Pero el gusano se come la berza y perece antes que ella: eso dicen los viejos— añadió rápidamente.
—¿Cómo, cómo has dicho?— preguntó Pierre.
—¿Yo?— respondió Karatáiev. —Digo que no se hacen las cosas según nuestro deseo, sino según la voluntad de Dios— sentenció, creyendo repetir lo que había dicho antes; y en seguida prosiguió. —Entonces, señor, ¿usted posee patrimonio? ¿Y casa? Es decir, que vive en la abundancia. ¿Y tiene mujer? ¿Sus padres viven?— siguió preguntando.
Y aunque Pierre no viera en la oscuridad, advirtió por el tono de la voz que los labios del soldado se plegaban en una sonrisa acariciante mientras le hacía aquellas preguntas. Lo disgustaba, al parecer, que Pierre no tuviera padres, y sobre todo madre.
—La mujer para el consejo, la suegra para el respeto, pero nada hay mejor que una madre— dijo. —¿Tiene hijos?— continuó preguntando.
La respuesta negativa de Pierre pareció entristecerlo, y se apresuró a decir: