Guerra y Paz

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Declaró que Murat pernoctaba a un kilómetro de allí y si le proporcionaban cien hombres lo cogería vivo. El conde Orlov-Denísov consultó a sus compañeros. La propuesta parecía demasiado seductora para renunciar a ella. Todos se brindaron a ir y aconsejaban intentarlo. Tras muchas discusiones y consideraciones, el mayor general Grékov decidió acompañar al suboficial con dos regimientos de cosacos.

—¡Bueno, escucha bien!— dijo el conde Orlov al suboficial. —Si nos has engañado, mandaré que te cuelguen como a un perro. Si dices la verdad, te daré cien luises.

Sin contestar a esas palabras el suboficial montó a caballo con aire resuelto y siguió a Grékov, que ya estaba dispuesto, y se perdió en el bosque. El conde Orlov, encogido por el frescor de la mañana e inquieto por la responsabilidad que asumía, salió del bosque hasta donde se divisaba el campo enemigo, que ahora se dibujaba confusamente a las primeras luces de la mañana y de los fuegos lejanos que se iban extinguiendo. A la derecha del conde Orlov, sobre una pendiente descubierta, debían aparecer las columnas rusas. El conde miraba hacia aquella parte, pero, aunque hubiese sido posible verlas a lo lejos, las columnas no aparecían. En el campo francés empezaba a haber movimiento; así le pareció al conde y así lo confirmó un ayudante de campo que gozaba de una vista excelente.


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