Guerra y Paz

Guerra y Paz

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Dio la orden de montar a caballo en un susurro. Cada uno ocupó su puesto; se persignaron y… “¡Que Dios nos proteja!”, exclamó Orlov. En todo el bosque se expandió el “¡hurra!” y los cosacos, una centuria tras otra, como los granos de trigo que caen de un saco, se lanzaron animosos con sus lanzas en ristre a través del arroyo, hacia el campo francés.

Al grito desesperado y tembloroso del primer francés que vio a los cosacos, todos los que se hallaban en el campamento, unos sin vestir, otros medio dormidos, abandonaron cañones, fusiles, caballos y huyeron a la desbandada.

Si los cosacos hubieran perseguido a los franceses, sin prestar atención a lo que ocurría en derredor y detrás de ellos, habrían apresado a Murat y a cuantos con él estaban. Eso deseaban los jefes, pero no era posible hacer avanzar a los cosacos cuando se hallaban ante el botín y los prisioneros. Nadie hacía caso de las órdenes. Capturaron mil quinientos prisioneros, treinta y ocho cañones, algunas banderas y, lo que era mucho más importante para ellos: caballos, sillas, mantas y otros muchos enseres. Era preciso detenerse; poner a seguro a los prisioneros y los cañones, dividir el botín, reñir y hasta pelearse unos con otros. Y a todo eso se dedicaron los cosacos.


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