Guerra y Paz

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VII

A todo esto, otra columna debía atacar frontalmente a los franceses, pero al mando de esta columna se hallaba Kutúzov. Sabía bien que nada, salvo el desorden, resultaría de aquella batalla empeñada contra su voluntad y procuraba, cuanto podía, contener a sus tropas, sin moverse del sitio.

Kutúzov iba silencioso en su caballito gris y contestaba con negligencia a cuantos le proponían el ataque.

—Ustedes sólo hablan de atacar y no ven que no sabemos hacer maniobras complicadas— dijo a Milorádovich, que le pedía permiso para pasar a la ofensiva.

—Esta mañana no han sabido coger vivo a Murat ni llegar a tiempo al punto de partida; ahora ya no hay nada que hacer— respondió a otro.

Cuando le informaron de que en la retaguardia de los franceses, donde según los cosacos antes no había nadie, se encontraban dos batallones de polacos, miró de reojo a Ermólov (a quien no dirigía la palabra desde la víspera).

—Todos piden que ataquemos, proponen un sinfín de proyectos, pero tan pronto como empezamos resulta que nada hay preparado y el enemigo, advertido, toma sus medidas.

Ermólov entornó los ojos y sonrió levemente al oír tales palabras. Comprendió que la tormenta había pasado para él y que Kutúzov se limitaría a esa insinuación.


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