Guerra y Paz

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Para los franceses que retrocedían por el viejo camino de Smolensk, la meta final, la patria, estaba demasiado lejos; el objetivo próximo, hacia el cual convergían todos los deseos y esperanzas, era Smolensk. Y no porque los soldados esperasen encontrar allí víveres en abundancia y tropas de refresco: nadie les había dicho tal cosa (al contrario, todos los altos mandos, y Napoleón el primero, sabían que allí escaseaban los víveres), sino porque sólo esa idea —acrecentada grandemente en la multitud— podía darles la energía necesaria para moverse y soportar las privaciones del momento. Así, tanto los que lo sabían como aquellos que lo ignoraban procuraban engañarse a sí mismos y se apresuraban hacia Smolensk como si fuera la tierra prometida.

Una vez en el camino general, los franceses, con extraordinaria energía y rapidez inaudita, corrieron hacia la meta imaginada. Además de esa tendencia común, que convertía a la multitud de soldados en un solo hombre y les daba mayor energía, había otro medio capaz de cohesionarlas: su número. La enorme masa de hombres, como en la ley física de la gravedad, atraía a los átomos aislados de la gente. Se movían, con su masa de cien mil hombres, como si fuera un reino.



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