Guerra y Paz

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V

Había dejado de llover, descendía la niebla y de las ramas de los árboles caían gotas de agua. Denísov, el capitán de cosacos y Petia seguían en silencio al mujik guía, quien, con gorro de dormir, calzado con lapti, pisaba ligero y sin ruido sobre las ramas y las hojas mojadas conduciéndolos al lindero del bosque.

Llegados al borde de un declive, el mujik se detuvo con sus piernas torcidas, miró en torno, se dirigió hacia un grupo de árboles bastante espaciados; paró junto a un gran roble cubierto aún de verde y con aire misterioso llamó con la mano a los oficiales.

Denísov y Petia se acercaron. Desde el lugar donde se detuvo el mujik eran visibles los franceses. A continuación del bosque, sobre una pequeña colina, se extendía un campo de centeno. A la derecha, al otro lado de un empinado barranco, se veía una pequeña aldea con su casita señorial, de techumbre derruida. Por todas partes —en la pequeña aldea, en la casita señorial, en el jardín, junto a los pozos y al estanque, y en todo el camino que iba del puente a la aldea, a una distancia que no pasaría de quinientos metros— podía verse entre la niebla a una muchedumbre de hombres. Se oían claramente los gritos proferidos en lengua extraña para estimular a los caballos que subían con los carros cuesta arriba y las llamadas de unos a otros.

—Traed al prisionero— dijo Denísov, en voz baja, sin separar los ojos de los franceses.


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