Guerra y Paz
Guerra y Paz HabÃa dejado de llover, descendÃa la niebla y de las ramas de los árboles caÃan gotas de agua. DenÃsov, el capitán de cosacos y Petia seguÃan en silencio al mujik guÃa, quien, con gorro de dormir, calzado con lapti, pisaba ligero y sin ruido sobre las ramas y las hojas mojadas conduciéndolos al lindero del bosque.
Llegados al borde de un declive, el mujik se detuvo con sus piernas torcidas, miró en torno, se dirigió hacia un grupo de árboles bastante espaciados; paró junto a un gran roble cubierto aún de verde y con aire misterioso llamó con la mano a los oficiales.
DenÃsov y Petia se acercaron. Desde el lugar donde se detuvo el mujik eran visibles los franceses. A continuación del bosque, sobre una pequeña colina, se extendÃa un campo de centeno. A la derecha, al otro lado de un empinado barranco, se veÃa una pequeña aldea con su casita señorial, de techumbre derruida. Por todas partes —en la pequeña aldea, en la casita señorial, en el jardÃn, junto a los pozos y al estanque, y en todo el camino que iba del puente a la aldea, a una distancia que no pasarÃa de quinientos metros— podÃa verse entre la niebla a una muchedumbre de hombres. Se oÃan claramente los gritos proferidos en lengua extraña para estimular a los caballos que subÃan con los carros cuesta arriba y las llamadas de unos a otros.
—Traed al prisionero— dijo DenÃsov, en voz baja, sin separar los ojos de los franceses.
