Guerra y Paz

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VI

Tras haber conversado un rato con el capitán de cosacos acerca del ataque del día siguiente —ya decidido después de haber visto de cerca al enemigo—, Denísov volvió sobre sus pasos.

—¡Bueno, amigo! Ahora vamos a secarnos— dijo a Petia.

Al llegar junto a la garita del bosque, Denísov se detuvo y miró atentamente en derredor.

Al fondo, entre los árboles, se acercaba a ligeras y grandes zancadas un hombre de largas piernas y brazos, vestido con una chaqueta corta, lapti y gorro de cosaco; llevaba el fusil en bandolera y un hacha a la cintura. Al ver a Denísov, el hombre tiró algo entre las matas, se quitó el gorro mojado y se acercó a su jefe.

Era Tijón.

Su rostro, rugoso y picado de viruela, de ojos pequeños y estrechos, brillaba de satisfacción y alegría. Levantó la cabeza y, como conteniendo la risa, miró fijamente a Denísov.

—Y bien, ¿dónde anduviste perdido?

—¿Dónde? Fui a buscar franceses— respondió resueltamente Tijón con voz de bajo, pero cantarina.

—¿Por qué te has metido entre ellos de día? ¡Animal! ¿Y por qué no has cogido a ninguno…?

—Lo que se dice coger, lo cogí…

—¿Dónde está?


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