Guerra y Paz

Guerra y Paz

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—Ordenaré que te den un centenar de latigazos y así aprenderás a no hacer el tonto— dijo severamente Denísov.

—Pero ¿por qué se enfada? Estoy harto de ver sus franceses. Espere a que oscurezca y le traeré tres si quiere.

—¡Bien! ¡Vámonos!— dijo Denísov, y permaneció en silencio y ceñudo hasta llegar a la casa del guarda.

Tijón caminaba tras él y Petia oía cómo los cosacos se reían de él y con él, a propósito de unas botas que había tirado entre las matas.

Cuando hubo pasado la risa suscitada por las palabras y la sonrisa de Tijón, Petia comprendió que había matado a un hombre y se sintió violento. Miró al muchacho prisionero y algo oprimió su corazón. Pero aquello no duró más que un instante. Creyó necesario alzar la cabeza, animarse y preguntar al capitán, con aire importante, sobre el ataque del día siguiente, para no desmerecer de la compañía en que se hallaba.

Encontraron en el camino al oficial, a quien, por orden de Denísov, habían ido a buscar. El oficial lo informó de que Dólojov no tardaría en llegar y que por su parte todo iba bien.

Denísov se alegró sobremanera, llamó a Petia y le dijo:

—Ea, ahora háblame de ti.


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