Guerra y Paz

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VII

Al salir de Moscú dejando a su familia, Petia se incorporó a su regimiento y al poco tiempo fue nombrado oficial de ordenanza de un general que mandaba un importante destacamento. Desde entonces, y sobre todo desde su entrada en el ejército de operaciones, con el cual había participado en la batalla de Viazma, Petia se encontraba en un estado feliz de alegre excitación al pensar que ya era un adulto y con el temor de perder alguna ocasión de ver un caso de verdadero heroísmo. Se sentía feliz por cuanto veía y experimentaba en el ejército, pero al mismo tiempo temía que lo verdadero, lo más heroico, tuviera lugar cuando él no estuviese. Y todo su empeño consistía en llegar cuanto antes a esos sitios donde no estaba.

Cuando el 21 de octubre su general expresó el deseo de enviar a alguien al destacamento de Denísov, Petia solicitó con tal insistencia aquella misión que el general no pudo negárselo. Pero recordando su loca actuación en la batalla de Viazma, cuando, en vez de ir por el camino a donde se lo enviaba, se había dirigido a la línea de fuego, al alcance de las balas enemigas, y había disparado por dos veces su pistola, le prohibió terminantemente que participara en ninguna acción de Denísov. Ésa era la razón de que se ruborizara cuando Denísov le preguntó si podía quedarse.


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