Guerra y Paz

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—¡Ah! ¡Visenni!— dijo el cosaco.

Los cosacos habían cambiado ya el nombre de Vincent por el de Visenni; los mujiks y soldados lo llamaban Visenia; en ambos casos, el nombre, derivado de viesná, primavera, parecía convenir a los pocos años del muchacho.

—Se está calentando allí, junto al fuego. ¡Eh! ¡Visenni! ¡Visenia! ¡Visenia!— se oyó en la oscuridad, entre las risas de los soldados.

—Es un muchacho muy despierto— dijo un húsar que estaba junto a Petia. —Hace poco le dimos de comer. ¡Tenía muchísima hambre!

En la oscuridad se oyeron pasos y, chapoteando en el fango con sus pies desnudos, el tambor se acercó a la puerta.

—Ah! c'est vous!— dijo Petia. —Voulez-vous manger? N'ayez pas peur, on ne vous fera pas de mal— añadió con timidez, rozando cariñosamente su mano. —Entrez, entrez.[604]

—Merci, monsieur— respondió el muchacho con voz temblorosa, casi infantil; y comenzó a limpiarse en el umbral los pies sucios.

Petia deseaba decirle muchas cosas, pero no se atrevió. Turbado, se había quedado junto a él en el zaguán; en la oscuridad estrechó su mano.

—Entrez, entrez— repitió en un susurro amistoso.


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