Guerra y Paz

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“¿Y si preguntase por él? —prosiguió para sus adentros—. Pero dirán que soy un niño que se apiada de otro niño. ¡Mañana les demostraré qué niño soy! ¿Será vergonzoso preguntar por él? —pensaba Petia—. Pero ¡qué me importa!” Se ruborizó otra vez, mirando con cierta turbación a los oficiales que seguramente se iban a reír de él, y preguntó:

—¿No podríamos llamar al muchacho prisionero y darle algo de comer…? Tal vez…

—Sí. ¡Da lástima el muchacho!— dijo Denísov, que, por lo visto, no encontraba nada vergonzoso en la pregunta. —Que lo traigan. Se llama Vincent Bosse.

—Lo llamaré yo— dijo Petia.

—¡Llámalo, llámalo! ¡Da lástima el muchacho!— repitió Denísov.

Petia ya estaba junto a la puerta cuando Denísov dijo eso. Se deslizó entre los oficiales y se acercó a él.

—¡Déjeme que lo abrace! ¡Qué bien, qué estupendo!

Abrazó a Denísov y salió corriendo. Ya fuera gritó:

—¡Bosse! ¡Vincent!

—¿Por quién pregunta, señor?— preguntó una voz en la oscuridad.

Petia respondió que necesitaba al muchacho francés capturado aquella mañana.


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