Guerra y Paz
Guerra y Paz —QuĂ©dese con ella si le gusta. Tengo otras…— dijo Petia, ruborizándose. —¡Dios mĂo! ¡Me habĂa olvidado del todo!— exclamĂł de pronto. —Tengo unas pasas excelentes, sin pepitas… En el regimiento hay un nuevo cantinero que nos trae cosas estupendas. Le comprĂ© diez libras… Estoy acostumbrado a comer algo dulce… ÂżQuieren ustedes?
Y Petia corriĂł al zaguán, donde estaba su asistente cosaco, y volviĂł con una bolsa en la que habrĂa cinco libras de pasas.
—Coman, señores, coman… Capitán, Âżno necesita una cafetera? ComprĂ© una muy buena a nuestro cantinero. Tiene cosas estupendas. Y es muy honrado, que es lo principal. Se la mandarĂ© sin falta. Seguramente se le habrán acabado a usted los pedernales… eso suele ocurrir. Yo he traĂdo. Tengo ahĂ— y señalĂł la bolsa —un centenar. Los comprĂ© muy baratos. Puede quedarse con los que quiera… con todos, si le parece…— y se cortĂł sonrojado, temeroso de haber hablado de más.
Se detuvo a pensar si no habrĂa cometido alguna otra tonterĂa; recordando los sucesos de la jornada, su pensamiento se detuvo en el joven francĂ©s.
“Nosotros estamos muy bien, pero ÂżcĂłmo está Ă©l? ÂżDĂłnde lo habrán llevado? ÂżLe habrán dado de comer? Quizá lo han maltratado.” Pero pensando en los pedernales temĂa decir nada.