Guerra y Paz

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Llegados a Smolensk, que se imaginaban como una tierra prometida, los franceses se mataban unos a otros para apoderarse de los víveres, saqueaban sus propios almacenes de provisiones y, cuando ya no quedó nada, prosiguieron la huida.

Avanzaban sin saber adonde iban ni por qué lo hacían. Menos que nadie lo sabía el genial Napoleón, puesto que nadie le daba orden alguna. Sin embargo, tanto el Emperador como su séquito seguían observando las costumbres de antes: se escribían cartas, informes y ordres du jour, se trataban unos a otros con los títulos de Sire, Mon Cousin, Prince d'Eckmühl, roi de Naples, etcétera. Pero sus órdenes e informes eran papeles mojados. Nadie los hacía cumplir, porque nada podía cumplirse, y a pesar de los títulos de sire, y alteza y primo, que se otorgaban, comprendían todos que eran míseros y viles, culpables de muchas maldades que ahora estaban pagando. Fingían mostrar una gran preocupación por el ejército, pero cada uno no pensaba más que en sí mismo y en la manera de escapar cuanto antes y salvarse.





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