Guerra y Paz

Guerra y Paz

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Natasha estaba tan delgada, tan pálida y débil que todos hablaban de su salud, y eso le agradaba. Pero a veces se apoderaba de ella no ya el miedo a la muerte sino a la enfermedad, a la debilidad y a la pérdida de su belleza; en ocasiones examinaba atentamente sus brazos, asombrada de su delgadez, o bien, por las mañanas, contemplaba en el espejo aquel rostro alargado que le parecía digno de lástima. Pensaba que así tenía que ser, y al mismo tiempo tenía miedo y se sentía triste.

En cierta ocasión subió rápidamente las escaleras, respirando fatigosamente, y acto seguido, sin ser consciente de ello, inventó un pretexto y volvió a bajarlas y a subirlas corriendo, para medir sus fuerzas y observarse.

Otra vez llamó a Duniasha y su voz vibró. Siguió llamándola, aunque la doncella ya acudía; era la misma voz de timbre grave con la cual había cantado en otros tiempos, y se escuchó a sí misma.

Natasha no sabía, ni habría creído, que bajo la impenetrable capa de légamo que taponaba su alma iban abriéndose paso los jóvenes, delicados y tiernos brotes de yerbas que, una vez arraigados, ocultarían con sus retoños llenos de vida el dolor sufrido, haciéndolo casi invisible e imperceptible. La herida cicatrizaba por dentro.


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