Guerra y Paz

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et d’être un vert galant…[624]

—¡También eso está entonado! ¡A ver, a ver, Zalietáev!

—Kiu…— pronunció con esfuerzo Zalietáev. —Kiuiuiu…— canturreó, redondeando convenientemente los labios —letriptalá de bu de ba detravagalá…— cantó.

—¡Bien! ¡Bien! ¡Estupendo! ¡Lo haces igual que un francés! ¡Ja, ja, ja! Bueno, ¿quieres comer más?

—Dadle rancho, no se saciará pronto después de haber pasado tanta hambre.

Le dieron más rancho y Morel, riendo, comenzó su tercer plato. Todos los soldados jóvenes que lo rodeaban sonreían alegres. Los viejos, que consideraban poco digno ocuparse de semejantes tonterías, se habían agrupado de la otra parte de la hoguera, se incorporaban de vez en cuando y miraban a Morel con una sonrisa.

—También ellos son hombres— dijo uno, envolviéndose en el capote. —Hasta el ajenjo tiene sus raíces…

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cuántas estrellas! Anuncia helada…

Y todo quedó en silencio. Las estrellas, como si supieran que ya nadie las miraría, rutilaban en el cielo negro. Ya encendiéndose, ya palideciendo y temblando, se comunicaban secretamente algo alegre pero misterioso.


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