Guerra y Paz

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XIV

Así como es difícil explicar por qué y hacia dónde corren las hormigas de un hormiguero destruido, por qué unas sacan briznas, huevecillos y cadáveres y otras vuelven a ese hormiguero, por qué chocan entre sí, se alcanzan y luchan, igual de difícil sería explicar las causas que obligaron a los rusos, tras la retirada de los franceses, a congregarse en aquel lugar antes llamado Moscú. Si miramos a las hormigas, dispersas en torno al hormiguero totalmente deshecho, si contemplamos su energía y su número incalculable, comprenderemos en seguida que todo está destruido excepto algo indestructible y no material que constituye la verdadera fuerza del hormiguero; lo mismo ocurría en Moscú por los días de octubre, aunque no hubiera allí ni autoridad, ni iglesias, ni santuarios, ni riquezas, ni siquiera casas. Seguía siendo la misma ciudad que había sido en agosto. Todo yacía destruido excepto ese algo no material, pero poderoso e imperecedero.

Los motivos que impulsaban a los hombres que desde todas partes corrían hacia Moscú, después de la huida del enemigo, eran variadísimos, personales y, en los primeros días, salvajes y bestiales sobre todo. Un solo objetivo empujaba a todos: llegar lo antes posible al lugar llamado antes Moscú y reemprender su propia actividad.


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