Guerra y Paz
Guerra y Paz Pierre fue introducido en el gran comedor iluminado; unos minutos después oyó rumor de pasos y entraron Natasha y la princesa MarÃa. Natasha estaba tranquila, aunque su rostro habÃa recobrado la severa expresión de antes.
Todos parecÃan sentir el mismo embarazo que suele seguir a una conversación Ãntima y grave. Resulta imposible reanudarla, y hablar de algo banal causa vergüenza, callar resulta desagradable porque hay deseos de hablar y el silencio parece fingido. Se acercaron en silencio a la mesa; los camareros separaron y acercaron las sillas; Pierre desplegó su frÃa servilleta y, decidido a romper el silencio, miró a Natasha y a la princesa MarÃa. Ambas parecÃan haber decidido lo mismo. En sus ojos se reflejaba el placer de vivir y el reconocimiento de que, además del sufrimiento, hay alegrÃas.
—¿Bebe usted vodka, conde?— preguntó la princesa, y esas palabras disiparon al instante las sombras del pasado. —Háblenos de usted— añadió. —Por ahà cuentan maravillas increÃbles.