Guerra y Paz

Guerra y Paz

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—No la vi venir detrás de mí— dijo tímidamente. —Vine por ver…

Nikolái, que tenía en un brazo a la niña, contempló a su mujer y, al ver la expresión de culpa en su rostro, la acercó a sí con el otro brazo y besó sus cabellos.

—¿Puedo besar a mamá?— preguntó a la niña.

Natasha sonrió tímidamente.

—¡Otra vez!— dijo con gesto imperioso, señalando el sitio donde Nikolái la había besado.

—No sé por qué crees que estoy de mal humor— dijo Nikolái, respondiendo a la pregunta que, según sabía, estaba en el ánimo de su mujer.

—No puedes imaginarte lo desgraciada y sola que me siento cuando te pones así. Siempre me parece que…

—Mary, no digas tonterías. ¿Cómo no te da vergüenza?— dijo alegremente.

—Me parece que no puedes quererme por ser tan fea… lo soy siempre… y ahora… en este estado…

—¡Ah, no me hagas reír! La belleza no hace nacer el amor, es el amor quien hace la belleza. Únicamente a las Malvinas y a otras similares se las ama porque son guapas. Pero ¿acaso amo a mi mujer? No, no es amor; ¿cómo te diría?… Sin ti, o cuando algo perturba nuestras relaciones, me siento perdido, no puedo hacer nada. ¿Cómo te lo explicaría? ¿Amo mi dedo? No, no lo amo; pero que traten de quitármelo…


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