Guerra y Paz
Guerra y Paz —¡No lo dejan a uno descansar un momento!— dijo. —¡Mary! ¿Eres tú? ¿Por qué lo has traÃdo?
—Sólo vine a mirar… no lo he visto… perdóname…
Nikolái tosió y guardó silencio. La condesa se retiró de la puerta y acompañó a su hijo hasta la habitación de los niños. Cinco minutos después, la pequeña Natasha, una criatura de tres años y ojos negros, la preferida de su padre, a quien contó su hermano que papaÃto dormÃa y mamita estaba en la habitación de los divanes, corrió sin ser vista por la condesa adonde estaba el padre. La pequeña abrió la puerta chirriante, se acercó con andar decidido de sus aún torpes piececitos al diván, examinó la postura de su padre, acostado de espaldas a ella, se puso de puntillas y besó la mano de Nikolái sobre la cual apoyaba la cabeza.
—¡Natasha! ¡Natasha!— llamó en voz baja y asustada la condesa desde la puerta. —Papá quiere dormir.
—No, mamá, no quiere dormir— contestó con mucha seguridad la pequeña Natasha. —Se está riendo.
Nikolái bajó las piernas del diván, se incorporó y tomó a la niña en brazos.
—Entra, Masha— dijo a su esposa.
La condesa entró en la habitación y se sentó junto a su marido.