Guerra y Paz

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—Chère Marie, il dort, je crois; il est si fatigué;[629] Andriusha podría despertarlo— dijo desde el gran salón Sonia, a quien le parecía a María encontrársela en todas partes.

La condesa se volvió, vio detrás de sí al hijo y comprendió que Sonia tenía razón, y eso precisamente aumentó su ira y, a duras penas, contuvo una palabra hiriente. No contestó nada, pero, por no obedecer a Sonia, hizo un gesto al niño para que la siguiera sin hacer ruido y los dos se dirigieron a la puerta. Sonia salió por el lado contrario. De la estancia donde dormía Nikolái llegaba el rumor de su respiración regular, cuyos más ínfimos matices tan bien conocía. Mientras escuchaba veía la frente despejada y hermosa de su marido, sus bigotes, el rostro todo, que en los largos silencios de la noche, cuando él dormía, le gustaba contemplar. En eso, Nikolái se movió y carraspeó.

En aquel instante, desde el otro lado de la puerta, Andriusha gritó:

—¡Papaíto, mamita está aquí!

La condesa María palideció asustada y empezó a hacer señas al pequeño, quien dejó de gritar, y, durante unos segundos, se hizo un silencio temible para ella; sabía que su marido odiaba que lo despertasen. Se oyó de pronto, tras la puerta, un nuevo carraspeo y la voz descontenta de Nikolái:


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