Guerra y Paz

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“Siempre hace lo mismo —pensó la condesa María—, habla con todos menos conmigo. Noto que le repugno, sobre todo en esta situación.” Miró su abultado vientre y contempló en el espejo su rostro amarillento, pálido y delgado, con los ojos más grandes que nunca.

Todo le parecía desagradable: los gritos y las risas de Denísov, la conversación de Natasha y, sobre todo, la rápida mirada que le dirigió Sonia.

Sonia era el primer pretexto que elegía la condesa para justificar su irritación.

Permaneció un rato con sus huéspedes y, sin entender nada de lo que decían, salió disimuladamente y subió a la habitación de los niños, que habían emprendido un viaje a Moscú, montados sobre sillas, y la invitaron a ir con ellos. Se sentó y jugó con los pequeños, pero el recuerdo de la inmotivada irritación de su marido no dejaba de atormentarla. Se levantó y, caminando con dificultad sobre las puntas de los pies, se dirigió al pequeño salón donde dormía Nikolái.

“Quizá no esté dormido y podamos explicarnos”, se dijo.

Andriusha, el mayor de los niños, la siguió también de puntillas, imitándola, sin que ella se diera cuenta.


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