Guerra y Paz

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Gracias a Denísov, la conversación se hizo pronto general y animada, y la condesa María no habló más con su marido. Cuando se levantaron de la mesa y fueron a dar las gracias a la vieja condesa, María tendió la mano a Nikolái, lo besó y le preguntó por qué estaba enfadado con ella.

—Siempre tienes ideas extrañas, no estoy nada enfadado— contestó.

Pero la palabra siempre decía a la condesa María: “Estoy enfadado, y no quiero explicar el motivo”.

Nikolái vivía en tan buena armonía con su esposa que hasta Sonia y la vieja condesa —que, por celos, deseaban verlos en discordia— no podían hallar motivo alguno de reproche. Sin embargo, también entre ellos existían instantes de animosidad. A veces, precisamente después de algún período muy feliz, surgía entre ambos cierto alejamiento y hostilidad; esto era más frecuente durante los embarazos de la condesa María. Ahora se hallaba en uno de esos períodos.

—Bueno, messieurs et mesdames— dijo Nikolái en voz alta y, al parecer, alegremente (cosa que a la princesa le pareció hecho a propósito para ofenderla). —Estoy de pie desde las seis, mañana tendré que sufrir, pero hoy prefiero descansar.

Y, sin decir nada a su mujer, se retiró a un pequeño salón y se echó en un diván.


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