Guerra y Paz
Guerra y Paz Natasha se había casado en la primavera de 1813 y en 1820 tenía ya tres hijas y un hijo muy deseado, a quien ella misma criaba.
Era difícil reconocer en aquella madre gruesa y en pleno florecer a la inquieta y revoltosa Natasha de antes. Los rasgos de su cara se habían determinado y expresaban una paz reposada y serena. Su rostro no tenía ya, como antaño, aquella constante animación que constituía su mayor atractivo. Ahora, a menudo, sólo se veía el rostro y el cuerpo, pero ya no se traslucía el alma; se veía una hembra hermosa, fuerte y fecunda. Raras veces se encendía en ella el antiguo fuego; sólo sucedía en algunas ocasiones, cuando regresaba su marido, o cuando sanaba alguno de sus hijos o cuando, con la condesa María, recordaba al príncipe Andréi (con su marido nunca lo hacía, suponiéndolo celoso de aquel recuerdo), y, más raramente aún, cuando algún azar la impulsaba a cantar, placer que había abandonado por completo después de su boda. En aquellos raros instantes, cuando el antiguo fuego parecía encenderse de nuevo en su hermoso cuerpo florecido, era todavía más atractiva que entonces.
