Guerra y Paz
Guerra y Paz Desde el otro extremo del cuarto empezaba a decir en voz baja:
—Me parece, querida, que hoy hace más calor— murmuraba. Y cuando la señora Bielova contestaba: “Pues sĂ, han llegado”, ella gruñĂa enfadada: —¡Dios mĂo! ¡QuĂ© sorda y estĂşpida es!
Otro pretexto para su mal humor era el rapĂ©, al que encontraba seco, hĂşmedo o mal triturado. DespuĂ©s, su rostro se ponĂa bilioso; y sus doncellas de servicio sabĂan por indicios ciertos cuándo la señora Bielova volverĂa a estar sorda, el rapĂ© hĂşmedo y el rostro de la condesa amarillo verdoso. Del mismo modo que debĂa dar curso a su bilis, sentĂa a veces la necesidad de usar el resto de su capacidad de pensar y la empleaba en hacer solitarios. Cuando necesitaba llorar hablaba del difunto conde. Cuando tenĂa necesidad de inquietarse por algo el pretexto era Nikolái y su salud; cuando querĂa hablar sarcásticamente, el pretexto escogido solĂa ser la condesa MarĂa; cuando necesitaba ejercitar los Ăłrganos vocales —cosa que por lo general ocurrĂa hacia las siete de la tarde, despuĂ©s de haber hecho la digestiĂłn en su habitaciĂłn, a oscuras— el pretexto eran siempre las mismas historias contadas a idĂ©nticos oyentes.