Guerra y Paz

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VIII

Si la historia estudiara fenómenos externos, la enunciación de esa ley sencilla y evidente nos bastaría y podríamos acabar nuestro razonamiento. Pero la ley de la historia tiene que ver con el hombre. Una partícula de materia no puede decir que no siente necesidad alguna de la atracción o repulsión y que tal ley no es cierta. Pero el hombre, que es el objeto de la historia, dice claramente: soy libre y por eso no estoy sometido a las leyes.

Aunque no de modo expreso, en cada momento de la historia se advierte el problema del libre albedrío.

Y todos los historiadores serios llegan, en contra de su voluntad, a ese punto. Todas las contradicciones, la oscuridad de la historia, el camino falso por el que avanza esa ciencia, tienen su origen en la imposibilidad de solucionar este problema.

Si la voluntad de cada hombre fuese libre, es decir, si el hombre pudiera obrar a su antojo, la historia se reduciría a una sucesión de casualidades incoherentes.

Y si sólo un hombre de entre millones de semejantes y en el curso de mil años estuviese en condiciones de obrar a su antojo, o sea, como le diese la gana, es evidente que un solo acto libre de ese hombre, contrario a las leyes, destruiría la posibilidad de existencia de cualquier ley para toda la humanidad.


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