Guerra y Paz
Guerra y Paz Cuando hubo terminado la lectura, que duró más de una hora, Langeron detuvo de nuevo la rotación de su tabaquera y, sin mirar a Weyrother ni a nadie en particular, comenzó a decir lo difícil que sería llevar a cabo semejante plan de operaciones que suponía conocida la posición del enemigo, cuando la verdad era que esa posición podía ser muy distinta, puesto que el enemigo estaba en continuo movimiento. Las observaciones de Langeron eran acertadas, pero resultaba evidente que pretendía hacer ver al general Weyrother (que había leído el plan con la suficiencia de un maestro frente a un grupo de escolares) que no se las había con tontos, sino con hombres que podían darle clase también a él en cuestiones militares. Cuando el monótono zumbido de la voz de Weyrother cesó, Kutúzov abrió los ojos, como el molinero que se despierta a la primera interrupción del rumor soporífero de las ruedas del molino. Escuchó unos instantes las observaciones de Langeron y pareció decir: “todavía siguen con estas estupideces”; se apresuró a cerrar de nuevo los ojos y bajó todavía más la cabeza.