Guerra y Paz
Guerra y Paz Rostov tenía órdenes de buscar a Kutúzov o al Emperador cerca de la aldea de Pratzen. Pero allí no quedaba ni un solo jefe y únicamente se veían grupos dispersos de tropas desorganizadas. Espoleó al caballo, ya rendido, para adelantar pronto a toda aquella gente, pero cuanto más avanzaba, mayor era el desorden. En la carretera se amontonaban coches de todas clases, soldados rusos y austríacos de todas las armas, heridos y sanos. Toda esa muchedumbre se movía y pululaba bajo el siniestro zumbido de los proyectiles enviados por las baterías francesas emplazadas en los altos de Pratzen.
—¿Dónde está el Emperador? ¿Dónde está Kutúzov?— preguntaba Rostov a cuantos podía detener, pero de ninguno lograba respuesta.
Por último, agarrando a un soldado por el cuello de la guerrera, lo obligó a hablar.
—¡Eh, amigo! ¡Pues no hace tiempo que han escapado todos!— respondió a gritos el soldado, riendo e intentando zafarse.
Rostov soltó al soldado, que, al parecer, estaba borracho; detuvo el caballo de uno que debía de ser asistente o palafrenero de alguien importante y pudo interrogarlo. Según el asistente, una hora antes había pasado por allí el Emperador en su carroza, gravemente herido.
—No es posible. Se tratará de otro— dijo Rostov.
