Guerra y Paz
Guerra y Paz Dólojov, Denísov y Rostov, sentados frente a Pierre, se mostraban muy alegres. Rostov charlaba animadamente con sus compañeros, de los cuales uno era un bravo húsar y el otro un famoso espadachín, un camorrista que, de vez en cuando, lanzaba una mirada burlona sobre Pierre, quien sorprendía en aquella fiesta por su aspecto distraído, sombrío y su corpulencia. Rostov lo miraba sin ninguna simpatía, porque Pierre, para un húsar como Rostov, no era más que un civil muy rico, casado con una mujer bellísima, un blando; es decir, no era nada. Se unía a esto que Pierre, distraído y absorto en sus pensamientos, no había reconocido a Rostov ni contestado a su saludo. Cuando comenzaron los brindis a la salud del Emperador, Pierre, pensativo, no se levantó ni tomó la copa.
—¿Qué le pasa?— le gritó Rostov, mirándolo con irritación. —¿No ha oído? ¡A la salud de Su Majestad el Emperador!
Pierre suspiró; se levantó dócilmente, vació su copa y, esperando a que todos estuvieran sentados de nuevo, se volvió con una sonrisa bondadosa a Rostov.
—¡No lo había reconocido!
Pero Rostov seguía con sus “hurras” y ni siquiera se dio cuenta.
—¿Por qué no reanudas esa amistad?— preguntó Dólojov a Nikolái.
—¡Bah! ¡Es un imbécil!— dijo Rostov.