Guerra y Paz
Guerra y Paz Recordaba después sus pensamientos y expresiones chabacanas y vulgares, a pesar de haber sido educada en el medio más aristocrático. “No soy una idiota…, anda, pruébalo tú mismo… allez vous promener”[248], acostumbraba decir. Con frecuencia, al ver en los ojos de los hombres viejos y jóvenes y de las mujeres el efecto que producía, Pierre no alcanzaba a comprender por qué no la amaba. “Nunca la he amado —se decía—; sabía que era una mujer pervertida, aunque no quería confesármelo.”
“Y ahora Dólojov yace en la nieve, se esfuerza por sonreír y tal vez muera, respondiendo con una fingida bravata a mi arrepentimiento.”
Pierre era uno de esos hombres que, a pesar de su aparente debilidad de carácter, no buscan confidentes para sus propias penas. Las sufría, solo, en su intimidad.
“Ella es la única culpable de todo, de todo —se repetía—. Pero ¿qué se desprende de ello? ¿Por qué me he ligado a una mujer así? ¿Por qué le dije je vous aime, si era mentira, o algo peor que mentira? Soy culpable y debo soportar… pero ¿qué? ¿El deshonor de mi nombre, la infelicidad de mi vida? Todo es absurdo: el deshonor, el honor: no es más que convencionalismo. No depende de mí.
“Mataron a Luis XVI porque ellos decían que había perdido el honor, que era un criminal —pensó de pronto—.