Guerra y Paz

Guerra y Paz

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A la mañana siguiente, cuando el ayuda de cámara le trajo el café, Pierre estaba echado en el diván y dormía con un libro abierto entre las manos.

Despertó; asustado, miró en derredor largamente, sin comprender dónde se hallaba.

—La señora condesa pregunta si su Excelencia está en casa— dijo el ayuda de cámara.

Pierre no había tenido todavía tiempo de pensar en la respuesta cuando la condesa apareció con su batín de raso blanco recamado en plata, peinada con sencillez (dos grandes trenzas rodeaban en diadème su bellísima cabeza). Entró tranquila y majestuosa; tan sólo en su marmórea frente, un poco abultada, había una arruguita de cólera. Siempre con la misma calma, no quiso hablar delante del ayuda de cámara. Estaba al corriente del duelo y venía precisamente por ello. Esperó a que sirviera el café y los dejara. Pierre la miró tímidamente a través de sus lentes, y como una liebre rodeada de perros que, con las orejas gachas, se encoge sin moverse a la vista del enemigo, intentó reanudar su lectura, aunque comprendía que eso era absurdo e imposible; y de nuevo la miró con timidez.

Elena permaneció en pie, contemplándolo con una sonrisa despectiva. Cuando se quedaron solos preguntó con voz severa:

—¿Qué significa eso? ¿Qué ha hecho?

—¿Quién, yo?— preguntó Pierre.


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