Guerra y Paz
Guerra y Paz —¡Menudo valiente nos ha salido! Y bien, responda: ¿qué duelo ha sido ése? ¿Qué ha querido demostrar con ello? ¿Qué? Respóndame.
Pierre se volvió pesadamente en el diván, abrió la boca, pero no pudo responder.
—Ya que usted no me responde, se lo diré yo— continuó Elena. —Usted se cree cuanto le dicen. Le dijeron— al llegar a este punto se echó a reír —que Dólojov era mi amante— lo dijo en francés con la grosera precisión de su lenguaje, pronunciando la palabra “amante” como otra cualquiera —¡y usted lo ha creído! Y bien, ¿qué ha demostrado así? ¿Qué ha demostrado con ese duelo? Pues que es usted un tonto, que vous êtes un sot, pero eso ya lo saben todos. ¿Y qué consecuencias tendrá todo ello? Que yo me convierta en el hazmerreír de todo Moscú y que cualquiera diga que, borracho, enajenado, provocó a un hombre del que no tenía razón alguna para estar celoso— Elena iba levantando la voz y parecía cada vez más excitada —y que es mil veces mejor que usted en todos los sentidos…
—Hum…Hum…— rezongó Pierre frunciendo el ceño, sin mirar a su mujer y sin moverse.
—¿Y por qué pudo creer que era mi amante?… ¿Por qué? ¿Porque me gusta su compañía? Si usted fuese más inteligente y agradable, habría preferido la suya.