Guerra y Paz

Guerra y Paz

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La condesa se volvió a su hijo, que permanecía en silencio.

—¿Qué te pasa?— preguntó.

—¡Oh, nada!— replicó Nikolái, como cansado de una pregunta demasiado repetida. —¿Volverá pronto papá?

—Lo supongo.

“Lo mismo, siempre lo mismo. Nada saben. ¿Adónde podría ir?”, se preguntó Rostov; y volvió a la sala del clavicordio.

Sonia tocaba el preludio de la barcarola preferida por Denísov. Natasha se disponía a cantar. Denísov la contemplaba con los ojos llenos de admiración.

Nikolái comenzó a pasear por la estancia.

“Buenas ganas de obligarla a cantar —pensó—. ¿Y qué puede cantar? Nada tiene eso de divertido.”

Sonia atacó el primer acorde del preludio.

“¡Dios mío! Estoy perdido, deshonrado… ¡La única solución es una bala en la cabeza y no cantar! ¿Y si me fuera?… Pero, ¿dónde? Da lo mismo que canten.”

Sin dejar de caminar de un lado a otro, miraba distraídamente a Denísov y a las muchachas, evitando sus miradas.

“¿Qué le pasa, Nikóleñka?”, parecían preguntarle los ojos de Sonia, fijos en él. Al momento se había dado cuenta de que algo había sucedido.


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