Guerra y Paz

Guerra y Paz

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Nikolái se volvió de espaldas.

También Natasha, intuitiva por naturaleza, había percibido de inmediato el estado de ánimo de su hermano. Lo había percibido, pero en aquel momento estaba tan contenta y feliz, tan alejada de toda tristeza, pena o reproche que se engañó conscientemente. “No, no debo turbar ahora mi felicidad preocupándome del dolor ajeno”, pensó. Y se dijo: “Quizá me equivoque. Tiene que estar tan contento como yo”.

—¡Empecemos, Sonia!— dijo en voz alta, y se colocó en medio de la sala, donde suponía que la oirían.

Con la cabeza erguida y los brazos abandonados, como una danzarina, Natasha, andando de puntillas, pasó con decisión hasta el centro de la sala, donde se detuvo.

“¡Así soy yo!”, parecía decir, contestando a las extasiadas miradas de Denísov.

“¿A qué viene tanta alegría?— pensó Nikolái mirando a su hermana. —¿Cómo no se aburre ni se avergüenza?” Natasha comenzó a cantar; su garganta se dilató, enderezó el pecho y sus ojos adquirieron una expresión seria. En ese instante no pensaba en nadie ni en nada; su voz brotaba de la boca sonriente en una cascada de sonidos que cualquiera puede repetir mil veces de la misma manera dejándonos indiferentes, pero que, de improviso, a la mil y una nos hacen estremecer y llorar.


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