Guerra y Paz

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I

Después de la explicación con su mujer, Pierre partió para San Petersburgo. En la posta de Torzhok no había caballos o el maestro de postas no quiso dárselos. Pierre se vio obligado a esperar. Se echó vestido en un diván de cuero, ante una mesa redonda, apoyó en ella sus grandes pies, embutidos en altas botas forradas de piel, y quedó sumido en sus pensamientos.

—¿Desea el señor que traiga las maletas?— preguntó su ayuda de cámara. —¿Quiere que le prepare el lecho? ¿Que prepare té?

Pierre no le contestó, porque no veía ni oía nada. En la parada anterior había comenzado a pensar y continuaba sus reflexiones sobre cosas tan importantes que no prestaba atención alguna a cuanto sucedía en derredor. No sólo no le preocupaba llegar tarde o temprano a San Petersburgo y ni siquiera si en la estación de postas habría lugar para descansar. En comparación con sus graves problemas, le parecía indiferente permanecer unas horas o toda la vida en aquel lugar.




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