Guerra y Paz
Guerra y Paz —Si no me engaño, tengo el placer de hablar con el conde Bezújov— dijo tranquilamente y en voz alta el viajero.
Pierre, silencioso, miró interrogativamente al viajero a través de los lentes.
—He oído hablar de usted y de la desgracia que lo aflige— prosiguió el anciano. Parecía subrayar la palabra desgracia como queriendo decir: “Sí, desgracia; llámelo como guste, pero sé bien que lo sucedido en Moscú es una desgracia y lo lamento mucho, señor”.
Pierre se ruborizó; bajó rápidamente los pies de la cama, e, inclinándose hacia el viejo, sonrió forzada y tímidamente.
—No lo he mencionado por mera curiosidad, señor mío, sino por razones más graves.
Calló, sin apartar los ojos de Pierre, y se desplazó en el diván, invitándolo con un gesto a sentarse junto a él. A Pierre le era desagradable entrar en conversación con el viejo pero, obedeciéndole a su pesar, se acercó a él y se sentó en el diván.
—Es usted desdichado, señor— prosiguió el desconocido. —Usted es joven y yo soy viejo. Me gustaría ayudarlo en la medida de mis fuerzas.
—Ah, sí— dijo Pierre con una forzada sonrisa. —Muy agradecido… ¿De dónde viene usted?