Guerra y Paz

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III

Pierre no comunicó a nadie su llegada a San Petersburgo. No salía de casa y dedicaba todo el tiempo a la lectura de Tomás de Kempis, libro que había llegado a sus manos sin que supiera quién se lo había enviado. La lectura de este libro le proporcionaba siempre la misma sensación: el placer nunca saboreado de creer en la posibilidad de alcanzar la perfección, la posibilidad del amor fraterno y activo entre los hombres que Osip Alexéievich le revelara. Una semana después de su llegada, el joven conde polaco Villarski, a quien Pierre conocía de vista por habérselo encontrado en algunas fiestas de sociedad, entró una tarde en su habitación con el mismo aire oficial y solemne que tenían los testigos de Dólojov el día del duelo. Una vez cerrada la puerta y después de haberse cerciorado de que salvo Pierre no había nadie en la estancia, dijo:

—Vengo con una comisión y una propuesta, conde…— y prosiguió, sin sentarse. —Una persona muy importante de nuestra fraternidad ha pedido que sea usted admitido en ella antes del término acostumbrado, y quiere que yo sea su garante. Considero un sagrado deber cumplir la voluntad de esa persona. ¿Desea entrar, con mi garantía, en la asociación de los francmasones?

El tono frío, severo, de aquel hombre al que Pierre había visto casi siempre en los bailes, sonriente y cortés, entre las más distinguidas damas, extrañó a Pierre.


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