Guerra y Paz
Guerra y Paz Sin contar a la hija mayor de la condesa (que aventajaba en cuatro años a su hermana y se consideraba ya toda una mujer) y la hija de la visitante, sólo quedaron en el salón dos jóvenes: Nikolái y Sonia. La sobrina del conde era una joven morena, diminuta, de rostro dulce y mirada sombreada por largas pestañas; en torno a la cabeza le daba dos vueltas una trenza negra, y la piel de la cara, del cuello y de los brazos desnudos y delgados, pero musculosos y graciosos, era de un tono aceitunado. Por la armonía de sus movimientos, la agilidad y gracia de sus miembros y maneras un poco astutas y reservadas, recordaba a una hermosa gatita, todavía no formada, que prometía ser preciosa. Creía conveniente mostrar con su sonrisa que tomaba parte en la conversación común; pero a su pesar, los ojos, bajo las pestañas largas y espesas, miraban al cousin, que partía para el ejército, con una adoración tan juvenil y apasionada que su sonrisa no podía engañar a nadie; era evidente que la gatita sólo se había acurrucado para poder saltar y jugar todavía más con su cousin, apenas hubiesen salido del salón Borís y Natasha.
